Hay una película coreana que se llama Space Sweepers. En ella, un grupo de inadaptados que limpian basura espacial encuentra una niña. Y tiene un poder extraño, casi ridículo en medio del vacío y el metal: puede hacer crecer un tomate.
La corporación malvada de la película tiene un proyecto llamado "Jardín". La narrativa oficial es hermosa, pulida, repetida hasta el hartazgo: la Tierra está muriendo. Contaminada, agotada, sin esperanza. Hay que abandonarla. Construir un nuevo paraíso en el espacio para unos pocos afortunados. Es la única vía racional. Es inevitable.
Pero hay una mentira en el centro de esa historia. La Tierra no está muerta. El tomate de la niña lo prueba. La corporación no quiere salvar a nadie. Quiere deshacerse de todo lo que no le sirve para construir su mundo a su medida. Esta película no es ciencia ficción. Es un espejo.
Los vendedores de inevitabilidad
Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen cómo es el mundo. No nos preguntan. Nos informan. Hay un puñado de personas y empresas en el mundo que han aprendido a hacer algo muy poderoso: narrar el futuro como si ya estuviera escrito. Te dicen que el cambio climático no tiene solución, pero que la inteligencia artificial sí la tiene. Te dicen que las culturas tradicionales son bonitas de visitar en vacaciones, pero que para funcionar en el mundo real necesitas eficiencia, datos, escalabilidad —todo lo que ellos venden.
No es una conspiración con sombreros de aluminio. Es una estructura. Y lo más peligroso es que ya no necesitan mentirte con falsedades evidentes. Te convencen con comodidad. El celular es cómodo. El algoritmo que te dice qué ver es cómodo. La idea de que "no hay alternativa y solo queda adaptarse" es cómoda. La comodidad es el anestésico más eficaz que han inventado.
Los hilos invisibles que sostienen tu pantalla
Toma tu teléfono ahora mismo. Míralo. No es solo un aparato. Ese objeto que cabe en tu mano es el resultado de minerales extraídos de montañas que eran sagradas para alguien. De fábricas donde trabajan personas que nunca usarán lo que fabrican. De algoritmos que aprendieron a mostrarte lo que te mantiene mirando, no lo que necesitas ver. El problema no es que exista la tecnología. El problema es quién decide qué es visible y qué debe permanecer oculto.
El fatalismo como arma epistemológica
Lo que hace el discurso de la huida no es informar. Es producir una emoción: el fatalismo. Y el fatalismo es políticamente útil. Para quienes concentran poder, un mundo fatalista es un mundo dócil. Si la Tierra "ya no tiene remedio", entonces cualquier intento de repararla es una pérdida de tiempo. Si "no hay alternativa", entonces concentrar recursos en una salida elitista es la única opción racional.
Eso no es ciencia. Es una narrativa de poder que secuestra la imaginación. El fatalismo es cómodo. Libera de la responsabilidad. Si total no hay nada que hacer, ¿para qué preocuparse?
El tomate como símbolo de resistencia
En Space Sweepers, el tomate que la niña hace crecer en medio del vacío parece un milagro menor. No es un arma. No es un cohete. No es un algoritmo. Es solo una planta que crece donde no debería poder crecer. Pero ese tomate es la prueba de que la Tierra —aunque la hayan abandonado, aunque la hayan declarado muerta— sigue viva.
El tomate representa todas esas formas de vida, de conocimiento, de relación con la Tierra que el sistema dominante no puede controlar y por lo tanto necesita eliminar. No porque sean una amenaza directa. Sino porque su sola existencia desmiente el relato.
La responsabilidad de no delegar
No podemos impedir que las corporaciones tecnológicas sigan su curso. Pero podemos hacer algo que ningún poder puede comprar ni predecir: negar nuestro consentimiento a la ficción de la inevitabilidad.
Esa negación es una práctica cotidiana: preguntar una vez más cuando nos dan una respuesta cerrada. No delegar la capacidad de asombro ni la capacidad de duda. Reconocer que el conocimiento indígena, campesino, comunitario no es "atraso" sino otra forma de inteligencia viva. Dejar de repetir automáticamente que "no hay alternativa" y empezar a buscar las alternativas que ya existen, aunque no sean rentables.
La Tierra no es un recurso. No es un depósito de minerales. No es una estación de paso rumbo a Marte. La Tierra es un ser. Y sigue viva, aunque intenten convencernos de lo contrario.
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